Hace unas semanas fui a visitar a una buena amiga a la ciudad de Salamanca, la villa más grande de España es realmente asquerosa durante el verano, los fines de semana las terrazas y bares se vacían por completo. Y los únicos que se pasean por las calles de la capital son los guiris que vienen a aprender castellano durante el verano, para morirse.
Necesitaba desconectar y el fin de semana no pudo ser mejor; inmejorable compañía, buena temperatura, buenos bares, buena música, bien alimentado y para acabar un fantástico paseo en barca por el río Tormes. Sí, barca de dos remos sí.
Pero todo lo bueno termina, es hora de despedirse y volver a coger el autobés que me vuelva a traer a la gris realidad de la ciudad...
Llevo una hora de camino, pese a que la película que están poniendo es realmente mala la sensación que tengo de tranquilidad es inmejorable.
Los dos asientos a mi derecha están ocupados por un hombre mayor que va narrando todo el viaje: "187 quilómetros para Madrid... Salida 84 dirección Benavente... Un coche nos adelanta a más velocidad de la permitida... 181 quilómetros para Madrid...". A su lado la esposa va afirmando con la cabeza todo lo que dice el marido mientras descansa las manos formando un puño en sus piernas.
Justo delante mío va sentado un negro de unos dos metros de espalda y metro y medio de estatura, pese a que estamos en verano va vestido con mangas largas y lleva un gorro de rasta dentro del autobús. Lleva los cascos puestos con el sonido tan alto que no tengo problema en escuchar todas las canciones que va poniendo pese a que yo también los llevo puestos para poder escuchar la película, que pese a ser mala, no molesta.
Detrás de los ancianos dos chicas jóvenes vestidas con la última moda de Mango y una con palestina discuten sobre si un partido que no recuerdo bien cuál era haría lo mismo qué otro partido, del que tampoco recuerdo el nombre, en el caso que llegara al poder y hubiese tropas españolas en un país africano que no sé cómo se llama en una guerra que ellas no recuerdan cuándo empezó. Aunque parece que discuten lo que realmente hacen es darse la razón mutuamente.
Delante de los ancianos está la puerta trasera del autobús, con la pantalla de televisión en la parte superior. Detrás mío un asiático con sandalias verdes de Brasil y una cámara relfex no para de hacer fotos en modo automático al precioso paisaje castellano.
Y ya no puedo decir más, porque aunque he subido por la parte delantera del autobús siempre voy mirando la parte superior o inferior. Ya que cuando pasas por el pasillo del autobús todas las personas van observándote con detenimiento pensando en tu afiliación política, en dónde estará tu madre, en cómo habrás pasado el fin de semana, en el dónde irás, en si tienes pareja o en si habrás planchado la camiseta o la habrás dejado secar sin más para a continuación meterla dentro del cuarto de baño mientras te duchas y dejar que el vaho la deje como recién salida de la tintorería.
Solo los más expertos en estos viajes se harán la pregunta realmente importante: ¿va o vuelve?
Detrás del asiático y de las dos chicas tampoco sé quién va, solo llego a escuchar un ruido apagado que llega a mis oídos con cierta dificultad... Entiendo a alguien hablando francés y a un niño llorando desconsoladamente... Pero mirar atrás es imposible, no conozco a nadie que lo haya hecho alguna vez y no se haya llevado la mirada de veinte personas con cara de asombro y extrañeza por el atrevimiento mostrado al girarte, hay que tener muy poca vergüenza o ser un auténtico insensato para hacer tan atrevido movimiento.
Qué bien estoy, qué bien lo he pasado, qué buen fin de semana, qué buena es Benda, qué relajado estoy, qué feliz soy, qué bonita es la vida, qué gente más buena puebla el mundo... Todo parece estar en armonía.
Pero de repente algo pasa... algo hace que me revuelva un poco sobre el asiento y busque otra posición... Acabo de notar algo que baja por mis intestinos y empieza a llegar a las puertas de mi vejiga... en un principio lo ignoro, no pasa nada, solo será un aviso... Pero no. Ya no puedo concentrarme en la película, el pis me incomoda y no puedo quitármelo de la cabeza.
Y es que no puedo olvidar aquellas noches de domingo futbolero, y de como al salir del bar sentía la misma sensación que estoy sintiendo ahora mismo, como aquel camino en el metro hasta casa con la línea verde se me hacía interminable, como parecía que nunca llegaría a mi destino, como muchas veces no podía ni aguantar llegar a casa y terminaba meando toda la cerveza entre dos coches mientras intentaba esconderme o mirar hacia otro lado justo en el momento en que un búho paraba delante mío y la gente de su interior no dejaba pasar una oportunidad para hacer ciertas comparaciones...
Aquellas veces había llegado a aguantar hasta 1 hora... pero el anciano había acabado de cantar que quedaban 163 quilómetros y su mujer lo había corregido diciéndole que en verdad quedaban 168 para a continuación darse un beso con lengua.
167 quilómetros en autobús son un mínimo de dos horas, y hoy es domingo por la tarde del mes de agosto; vamos a travesar la sierra de Madrid y todos los que hayan ido a pasar el fin de semana a la casita del pueblo de la montaña estarán volviendo por la carretera de A Coruña hacia la ciudad, por lo que es más que probable que hayan retenciones.
144 quilómetros y me estoy meando mucho...
Hace unos 10 minutos que el anciano ha cantado "Comunidad de Madrid", de momento hay suerte y no hemos cogido retenciones, a lo lejos vemos los 4 edificios ridículos de la ciudad, pero me estoy meando y el mundo ya no es tan bonito.
El asiático de detrás mío ha hecho unas 500 fotografías durante todo el trayecto, algunas con flash para conseguir un extraño efecto con el cristal que dudo mucho que haya podido conseguir.
El negro de delante se ha dormido hace rato con la música a todo volumen, ahora tengo que aguantar Don't worry, be happy y sus sonoros ronquidos.
La película ha terminado hace rato, pero el DVD ha entrado en una especie de bucle y lleva 30 minutos repitiendo una y otra vez las tomas no incluidas por el director, si la película ya era mala imaginad como son las tomas no incluidas en una película que no ha tenido ni una duración de 80 minutos. Además no puedo quitarme los cascos porque hace rato que estoy usando mis manos para presionar mi pene, durante un instante me pregunto si realmente sirve de algo, pero a mi mente le es imposible concentrarse en nada que no sea el pis que tengo presionando mi vejiga.
Los dos ancianos ya no me parecen nada simpáticos, los quilómetros pasan muy despacio y estoy convencido de que toda la culpa es de ellos! Y por mucho que sepa que están celebrando sus bodas de oro después de que la mujer se lo contara a una amiga por teléfono móvil a grito pelado, desearía no estar cogiéndoles tanta manía por no narrar de una vez que hemos llegado a Madrid.
Las dos chicas de detrás hace tiempo que terminaron de hablar de política, llegó un momento en su conversación que tocaron el tema de una manifestación que no recuerdo bien si era violenta o pacífica y decidieron dejar el tema por mútuo acuerdo. Ahora hablan de que a una de ellas le gustan más los tíos con barba, de repente mi mente se despeja por unos instantes del pis y se gira mínimamente para dejarse ver... "Bueno, no todos", dice en voz alta la chica que no lleva palestina para asegurarse de que la he oído bien. "Mierda", pienso yo en el mismo instante que noto un retortijon en la tripa. 34 quilómetros...
Estoy sudando. Hace un calor enorme. Hace ya unos minutos que hemos pasado el vergonzoso arco del triunfo a la entrada de Madrid por la A6. Ya estamos dentro de la ciudad, en la M30, me quedan solo minutos, hay que aguantar, una vez más voy a salir victorioso y el placer que voy a sentir a continuación será enorme. Pero me meo mucho, creo que no voy a aguantar más, no puedo resistirlo... El anciano ha aumentado la narración, tiene muchas señales que comentar, mi cabeza echa humo, debo estar igual de rojo que un tomate, no puedo más... El negro se ha despertado y las chicas no tienen nada más de qué hablar. Me meo mucho. El asiático ha parado unos instantes de hacer fotos, ya estamos llegando, aguanta... Conozco la zona, estamos a punto de llegar a la estación, una sonrisa se me dibuja en la cara, lo he conseguido... Y el autobús se para, pero no en la estación, en un semáforo.
No me lo creo, de repente me viene todo el pis de nuevo acompañado con unas ganas de cagar enormes, estaba cantando victoria y ahora la necesidad me ataca con más fuerza que nunca, no lo aguanto más y me levanto gritando al conductor que me abra, que no puedo aguantar más. El conductor me ignora por completo mientras pone el autobús de nuevo en marcha, pero todos los pasajeros han clavado su mirada en mí, no sé qué hacer ni hacia dónde mirar, se ha hecho el silencio total y de repente el autobús entra en el túnel de la estación, se hace la oscuridad y me doy por vencido...
Un estruendo se escucha cuando la mierda y el pis salen propulsados de mi cuerpo destrozándome los pantalones y haciendo que me ponga a volar por dentro del autobús. El flash de la cámara reflex del asiático que hace fotografías en automático se dispara y puedo ver mientras reboto golpeándome por el techo del autobús como la gente grita mientras yo los rocío a todos, como en una discoteca con fiesta de la espuma pero cambiando la espuma por pis y mierda.
El minuto es eterno, pero a mí me da igual, estoy volando descontrolado por encima de todos ellos sintiendo un placer enorme, qué descanso. Mi cabeza está en blanco, no puedo pensar en nada, solo en el inmenso placer que siento entre gritos y caras que fotograma a fotograma han ido llenándose de mierda y meado. El anciano sigue narrando la historia pero ésta ya termina...
Finalmente termino de tirarlo todo, ya no hay nada en mi cuerpo que expulsar. Caigo al suelo sudando como salido de un maravilloso orgasmo en el momento que el autobús sale del túnel y aparca. Suelto un respiro mientras las puertas se abren, hago el útlimo esfuerzo para terminar de tirar las últimas gotas de pis.
El silencio reina en el autobús, nadie se mueve. Yo llevo la mochila puesta... me levanto y me marcho. Al bajar del autobús le robo a un vagabundo un tetrabrik de sangría y me lo echo por encima para ducharme un poco. Me voy al metro y una mujer me da la bienvenida a Madrid.
"Gracias", le contesto yo.
- el Responsable -